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TECNOLOGÍA / ENERGÍA · ACTUALIDADGP WEEKLY #000 04

USDT

La infraestructura privada que compite por mover dólares digitales.

Detrás del dinero digital también hay infraestructura física, energía y decisiones de localización.
Foto: panumas nikhomkhai / Pexels

Cuando Tether anunció en 2023 que iba a minar bitcoin en Uruguay, el argumento parecía casi diseñado para el país: una matriz eléctrica mayoritariamente renovable, una red estable, seguridad jurídica y un entorno institucional previsible. Dos instalaciones en Florida iban a funcionar como primer paso antes de una expansión regional. Tres años después, las plantas están cerradas y una inversión estimada en unos US$ 120 millones terminó desarmándose por algo mucho menos sofisticado que blockchain: un contrato de electricidad.

La reconstrucción de Reuters muestra que el desacuerdo central era sobre cuánta energía tenía derecho a consumir Microfin, la sociedad local vinculada a Tether. La empresa interpretaba una cláusula como un mínimo de potencia que podría ampliarse; UTE la interpretaba como un máximo. A medida que aumentó la demanda de las plantas, esa diferencia dejó de ser jurídica y pasó a ser operativa: según excontratistas citados por Reuters, hubo períodos en los que no tenían suficiente energía para funcionar normalmente.

El conflicto ya estaba abierto en noviembre de 2024. Después del cambio de gobierno de marzo de 2025 y la renovación de autoridades en UTE, las posiciones se endurecieron. Microfin dejó de pagar facturas y en junio comunicó su intención de terminar los contratos. Hubo un intento de salvar el proyecto con un memorando y textos contractuales revisados que el directorio de UTE llegó a aprobar, pero representantes de Tether no se presentaron a la firma. El 25 de julio UTE cortó el suministro. En noviembre la empresa notificó el cierre y el despido de la mayor parte del personal; la deuda pendiente fue saldada en diciembre.

La primera tentación es convertir la historia en una discusión ideológica sobre UTE o sobre Tether. Es menos útil que mirar la economía del proyecto. La minería de bitcoin transforma electricidad barata en capacidad de cómputo. Eso significa que el precio y la disponibilidad de la energía no son un insumo más: son el corazón del modelo. Una red puede ser limpia, estable y de buena calidad y aun así no ser competitiva para una actividad cuyo margen depende de conseguir enormes cantidades de electricidad a muy bajo costo.

Ese matiz importa para la estrategia tecnológica de Uruguay. Decir que tenemos energía renovable no alcanza para concluir que cualquier industria intensiva en energía tiene sentido aquí. Hay que preguntar cuánto cuesta, cuánta potencia puede entregarse, con qué previsibilidad contractual, qué infraestructura adicional requiere y qué valor deja el proyecto en el país.

Y ahí aparece una distinción interesante entre minería de bitcoin y centros de datos para inteligencia artificial. Ambas actividades consumen mucha energía, pero la economía no es idéntica. Un centro de datos de IA puede valorar mucho más la conectividad, la estabilidad de la red, la disponibilidad de fibra, la seguridad institucional, el acceso a talento y determinadas condiciones regulatorias. Uruguay puede ser relativamente caro para convertir electricidad en bitcoin y, al mismo tiempo, tener atributos valiosos para infraestructura digital de mayor complejidad.

También conviene poner los US$ 120 millones en perspectiva. Reuters señala que la inversión extranjera directa anual de Uruguay ronda los US$ 2.000 millones. Para un país de nuestro tamaño, perder un proyecto de esa magnitud no es irrelevante. Pero tampoco cualquier inversión debe preservarse a cualquier costo. La pregunta correcta es qué reglas, contratos e infraestructura necesita Uruguay para que los proyectos que sí encajan con su estructura económica puedan crecer sin encontrarse con ambigüedades críticas a mitad de camino.

La lección de Tether, entonces, no es que Uruguay haya perdido “la minería de bitcoin”. Es que la próxima ola de infraestructura tecnológica va a estar cada vez más condicionada por energía, redes y contratos. Cuando aparezca un anuncio de un gran data center, una granja de cómputo o una operación industrial intensiva en electricidad, el número de inversión será apenas el comienzo. Las preguntas importantes van a estar debajo: megavatios, precio, capacidad, conexión y reglas.